B767, el planeador de Gimli, retirado en Mojave

El Planeador de Gimli: cuando un Boeing 767 se convirtió en el planeador más grande del mundo

Imagina el silencio.

No el silencio de una biblioteca o de tu casa a las tres de la mañana. Te hablo del silencio a 41.000 pies de altura (unos 12.500 metros).

Si viajas en un avión comercial, el ruido es tu mejor amigo. Ese zumbido constante de los motores significa que todo va bien, que la física y la ingeniería están haciendo su trabajo para mantenerte vivo.

Pero el 23 de julio de 1983, a bordo del vuelo 143 de Air Canada, el ruido se apagó.

De golpe.

Sin explosiones, sin fuego. Simplemente… silencio.

Lo que pasó a continuación es una de las mayores hazañas de la historia de la aviación, una clase magistral de pilotaje y, también, la prueba de que no puedes confiar ciegamente en la tecnología si no sabes hacer una regla de tres.

Hoy vamos a destripar el caso del «Planeador de Gimli».

El pájaro nuevo y el «cerebro» apagado

Para entender este desastre, tienes que ponerte en situación. El Boeing 767 era la joya de la corona en 1983. Una maravilla tecnológica con «cabina de cristal» (pantallas digitales en lugar de relojes analógicos) y sistemas computerizados.

Era tan nuevo que los manuales aún olían a imprenta y, ojo al dato, era el primer avión de la flota de Air Canada calibrado en sistema métrico (kilogramos y litros) en lugar del sistema imperial (libras y galones) que usaban todos los demás.

Guardate este dato, porque es la pistola que se disparará en el tercer acto.

El avión, matrícula C-GAUN, tenía un problema antes de despegar: el FQIS (Fuel Quantity Indication System). Básicamente, los indicadores de combustible de la cabina no funcionaban. Estaban en negro.

¿Puede volar un avión sin ver en las pantallas cuánto combustible queda? Sí, si sabes exactamente cuánto has metido antes de salir. La lista de equipo mínimo (MEL por sus siglas en inglés) es como el permiso de los ingenieros para volar con cosas rotas, y en este caso, el MEL permitía despegar con las sondas apagadas.

Así que ahí tenemos al Capitán Bob Pearson y al Primer Oficial Maurice Quintal en Montreal, listos para volar a Edmonton con escala en Ottawa, «a ciegas» con el combustible y con el primer avión que usaba el sistema métrico.

¿Qué podría salir mal?

asi se reposta el combustible
Mangueras conectadas durante el repostaje.

El error matemático que casi los mata (explicado para que lo entienda tu abuela)

Aquí es donde la gente se lía, y es donde quiero que prestes atención. Si ves los comentarios abajo del todo, la gente se hizo un lío la primera vez que publiqué este artículo. Así que ahora vamos a explicarlo clarito, como el agua.

Como los indicadores digitales no funcionaban, tuvieron que usar un «dripstick». Es una varilla que se saca por debajo del ala, como la varilla del aceite de tu coche, para medir el volumen de líquido en los tanques.

La varilla les dijo que tenían una cantidad X de litros.

Pero los motores no queman «litros», queman masa (peso). El volumen cambia con la temperatura; la masa no. Para programar el ordenador de vuelo (FMC), necesitaban saber los kilogramos.

Aquí está la fórmula mágica: Litros x Densidad = Peso

El problema fue la densidad.

  1. El equipo de tierra y los pilotos estaban acostumbrados al sistema imperial.
  2. La densidad del combustible en sistema imperial es 1.77 libras/litro.
  3. La densidad del combustible en sistema métrico es 0.8 kg/litro.

¿Ves la diferencia? Es casi la mitad.

Hicieron el cálculo usando el factor 1.77 pensando que estaban convirtiendo a kilogramos, pero en realidad estaban calculando libras.

  • Lo que creían tener: 22.300 kg de combustible (suficiente para llegar a Edmonton).
  • Lo que realmente tenían: 22.300 libras (que son unos 10.100 kg).

Metáfora rápida: Es como si vas al bar y pides 10 «pintas» de cerveza pensando que son litros. Te vas a quedar con sed a la mitad de la fiesta.

Ellos necesitaban llegar a la fiesta en Edmonton, pero salieron con menos de la mitad del combustible necesario. Y como el indicador estaba roto, el ordenador se creyó el número erróneo que le metieron manualmente.

El sonido del miedo: «Bong»

Volaban sobre Red Lake, Ontario, a 41.000 pies. Cena servida, todo tranquilo.

De repente, una luz ámbar. Baja presión de combustible en el motor izquierdo. Pearson y Quintal pensaron: «Bah, la bomba de combustible falla. Es imposible que no haya gasolina, el ordenador dice que tenemos de sobra». Apagaron la bomba, dejando que la gravedad alimentara el motor.

Pocos minutos después: BONG.

Un sonido que nunca habían escuchado en el simulador. Ese sonido específico significaba «pérdida total de ambos motores».

El motor izquierdo se apagó. Segundos después, el derecho también.

Se dice que las cajas negras registraron perfectamente cómo la cabina se quedó súbitamente en el silencio más absoluto. Silencio solamente roto por un «fuck» del comandante.

Y aquí viene el terror real: En un Boeing 767moderno, los motores generan la electricidad. Sin motores, no hay luz. Las pantallas de la «cabina de cristal» se fueron a negro. Se quedaron sin radio, sin transpondedor y, lo peor, sin sistema hidráulico para mover los alerones y el timón.

El avión se convirtió en un ladrillo de 132 toneladas.

La turbina de la salvación (RAT)

Justo cuando todo parecía perdido, se desplegó automáticamente una pequeña hélice debajo de la panza del avión: la RAT (Ram Air Turbine).

Es un molinillo que gira con la velocidad del aire y genera la presión hidráulica mínima para que los pilotos puedan mover, a duras penas, las superficies de control.

Es como pasar de dirección asistida a conducir un camión soviético de los años 50, pero al menos tienes dirección.

el planeador de gimli hoy en dia
El planeador de Gimli, hoy retirado en el desierto de Mojave.

El planeador gigante

Pearson tenía dos cosas a su favor esa tarde:

  1. Sangre fría.
  2. Era un fanático de los planeadores. Tenía mucha experiencia volando sin motor.

Quintal, el copiloto, también tenía un as en la manga: conocía una base aérea militar abandonada cercana llamada Gimli.

Hicieron cálculos mentales (porque el ordenador estaba muerto). Winnipeg estaba demasiado lejos. Caerían antes de llegar.

«Vamos a Gimli», decidió Pearson.

Pero había un problema. Quintal no sabía que la base de Gimli ya no era una base. Ahora era un circuito de carreras de coches y karts.

Y ese sábado de verano… estaba lleno de gente. Familias, niños, barbacoas y una carrera de coches en la antigua pista de aterrizaje.

La maniobra imposible: el «forward slip»

Al acercarse a Gimli, Pearson se dio cuenta de que iban demasiado altos y demasiado rápido. El 767 no tiene frenos de aire efectivos sin motores.

Si bajaba el morro para descender, ganaría velocidad y se saldría de la pista. Si levantaba el morro para frenar, entraría en pérdida y caerían como una piedra.

Pearson hizo algo que nunca se hace en un avión comercial. Una maniobra reservada para avionetas ligeras y veleros: un resbale hacia delante (forward slip).

Cruzó los controles: alerones a un lado, timón de cola al contrario. El avión se puso de lado, volando «cruzado» contra el viento. El fuselaje actuó como un freno aerodinámico gigante.

Imagínate la escena en la cabina de pasajeros: miras por la ventanilla y no ves el horizonte, ves el suelo directamente debajo de ti. El avión caía casi a plomo, perdiendo altura rápidamente pero sin ganar velocidad. Una locura genial.

El aterrizaje en la pista de karts

Cuando enderezó el avión a pocos metros del suelo, Quintal vio a los niños en bicicleta al final de la pista.

El tren de aterrizaje principal bajó por gravedad y se bloqueó. Pero el tren de morro, más ligero, no llegó a bloquearse por la fuerza del viento.

El avión tocó tierra. Pearson se puso de pie sobre los frenos (literalmente). Dos neumáticos estallaron. Entonces, el tren de morro colapsó.

Y eso fue lo que les salvó.

El morro del avión rascó contra el asfalto, lanzando una lluvia de chispas pero actuando como un freno de emergencia adicional. El gigante de metal se arrastró por la pista, chirriando y humeando, y se detuvo a menos de 30 metros de donde estaban las familias y los niños.

Víctimas mortales: 0. Heridos graves: 0.

El único daño personal fue algún pasajero que se raspó al bajar por los toboganes de emergencia, que quedaron muy empinados porque la cola del avión estaba levantada (al haber colapsado el morro).

aterrizaje del planeador de gimli
Así terminó aquel día el vuelo 143 de Air Canada.

El guiño final del destino

Para que veas que el universo tiene sentido del humor:

Air Canada envió a un equipo de mecánicos en una furgoneta desde Winnipeg para reparar el avión. ¿Adivinas qué pasó? Se quedaron tirados en la carretera. Se quedaron sin gasolina.

Sí, la furgoneta de rescate sufrió la misma suerte que el avión. Parece un chiste, pero es real.

Conclusión

El «Gimli Glider» fue reparado allí mismo en un par de días y salió volando de la base (esta vez con el combustible bien calculado). Siguió volando para Air Canada durante 25 años más, hasta 2008.

¿Qué aprendemos de esto?

  1. La tecnología es increíble, pero frágil. Un simple sensor roto y un cambio de unidades casi provocan una tragedia.
  2. El factor humano sigue siendo insustituible. Ningún piloto automático habría hecho ese resbale lateral. Solo la experiencia «analógica» de Pearson con sus planeadores salvó el día.
  3. Las matemáticas importan. La próxima vez que pienses que confundir unidades no es para tanto, acuérdate del silencio a 41.000 pies.

El Capitán Pearson y el Primer Oficial Quintal fueron sancionados temporalmente, pero la historia los puso en su sitio: como héroes que convirtieron un error catastrófico en el aterrizaje más increíble de todos los tiempos.


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