Reproducción del Boeing 2707

Boeing 2707: El estrepitoso fracaso del avión supersónico americano

A los estadounidenses no les gusta perder. No lo llevan bien.

En los años 60, si eras americano, sentías que el mundo era tuyo. Habían ganado la guerra, estaban ganando la carrera espacial y sus coches eran tan grandes que necesitaban su propio código postal.

Pero en el cielo estaba pasando algo que les quitaba el sueño.

Unos tipos al otro lado del Atlántico, específicamente franceses y británicos, se habían dado la mano para construir algo que parecía sacado de una película de ciencia ficción: el Concorde.

Y por si fuera poco, los soviéticos (que siempre tenían que estar en medio) estaban martilleando chapas para el Tu-144.

¿Y Estados Unidos? Nada. Cero.

El país que había inventado el vuelo a motor estaba mirando desde la grada.

El presidente Kennedy, que no era de los que se quedaban callados, dio un puñetazo en la mesa en 1963. No iba a permitir que Europa dominara el futuro de la aviación comercial.

Así nació el proyecto NST (National Supersonic Transport).

El objetivo era simple y, a la vez, una locura absoluta: construir un avión que hiciera parecer al Concorde un juguete lento y pequeño.

Querían algo más grande. Más rápido. Más americano.

Y así empezó la historia del avión más increíble que jamás llegó a despegar: el Boeing 2707.

Ponte cómodo, porque esta historia tiene egos gigantes, alas que se mueven, ventanas rotas en Oklahoma y un final que te va a doler.

El duelo de titanes: Lockheed vs. Boeing

El gobierno de EE.UU. no iba a darle el cheque a cualquiera. Hizo lo que mejor sabe hacer: organizar una pelea.

Lanzó un concurso y pidió a los fabricantes que presentaran sus propuestas. Al final, quedaron dos pesos pesados en el ring.

En la esquina izquierda: Lockheed con su L-2000. En la esquina derecha: Boeing con su Modelo 2707.

La apuesta segura de Lockheed

Lockheed jugó sobre seguro. Su L-2000 era un avión precioso, con un diseño de «doble delta».

¿Qué significa esto?

Imagínate un triángulo gigante. Pues eso. Era aerodinámicamente puro, sencillo (dentro de lo que cabe) y muy parecido a lo que habían hecho los europeos con el Concorde. Lockheed sabía que esa forma funcionaba para volar rápido.

lockheed l-2000
Modelo 3D de lo que podría haber sido el L-2000.

La apuesta suicida de Boeing

Boeing, sin embargo, dijo: «Sujétame el cubata».

Presentaron un diseño que dejó a todo el mundo con la boca abierta. El 2707 no tenía alas fijas. Tenía alas de geometría variable.

Si no eres ingeniero, te lo explico rápido:

  • Para despegar y aterrizar: Las alas se desplegaban hacia adelante, rectas. Esto daba mucha sustentación a baja velocidad, lo que significaba que el avión podía usar pistas normales y no necesitaba aterrizar con el morro apuntando al cielo como el Concorde (que daba miedo verlo).
  • Para volar supersónico: Las alas se plegaban hacia atrás hasta casi fundirse con el fuselaje, convirtiendo al avión en una flecha capaz de cortar el aire sin resistencia.
Boeing 2707, el que iba a ser el supersónico americano
El primer concepto del Boeing 2707 en el túnel de viento.

Era sexy. Era futurista. Era tecnológicamente superior.

Y por eso ganaron.

El 31 de diciembre de 1966, la FAA anunció que Boeing se llevaba el contrato. Las aerolíneas se volvieron locas. Pan Am, TWA, American Airlines… todos sacaron la chequera. Tenían más de 120 pedidos antes de cortar la primera chapa.

Parecía que el Concorde estaba muerto antes de nacer.

Pero Boeing había cometido un error de cálculo monumental.

El infierno técnico: Cuando la física te dice «NO»

Sobre el papel, el Boeing 2707 era una bestia.

  • Capacidad: 277 pasajeros (el Concorde llevaba 120 con suerte).
  • Velocidad: Mach 2.7 (unos 2.900 km/h). El Concorde se quedaba en Mach 2.0.
  • Material: Titanio.

Aquí es donde la cosa se pone técnica y divertida.

El problema del calor (y por qué el aluminio no servía)

Cuando vuelas a Mach 2.0, el roce del aire calienta el fuselaje. El Concorde, hecho de una aleación de aluminio especial, se calentaba tanto que se estiraba unos 30 centímetros en pleno vuelo. Literalmente, el avión crecía.

Pero a Mach 2.7, el calor es infernal. El aluminio se ablanda como la mantequilla al sol.

Boeing no podía usar aluminio. Tenía que usar titanio.

El problema es que, en los años 60, trabajar con titanio era una pesadilla. Es duro, es caro y es difícil de moldear. Tuvieron que inventar nuevas herramientas y procesos de fabricación solo para poder cortar las piezas.

El maldito pivote de las alas

¿Recuerdas las alas móviles que le dieron la victoria a Boeing?

Bien, pues resultaron ser su tumba.

Para que un ala del tamaño de un edificio se mueva en pleno vuelo, necesitas una bisagra. Un pivote.

Ese pivote tenía que soportar fuerzas brutales. Tenía que ser sólido. Y tenía que ser de titanio.

Cuando los ingenieros de Boeing se pusieron a diseñar el mecanismo real, se dieron cuenta de que el peso del sistema de bisagras era monstruoso.

Era tan pesado que, si lo instalaban, el avión no tendría capacidad para llevar ni a la mitad de los pasajeros.

Piénsalo un segundo. Habían diseñado el avión de pasajeros más grande y más rápido del mundo, pero para que funcionara, tenía que ir medio vacío.

Fue un desastre. Boeing intentó de todo para reducir peso. Movieron los motores (unos monstruos General Electric GE4 que eran los motores más potentes de la época) hacia atrás, hacia la cola.

¿Resultado? El avión era inestable. Si entraba en pérdida (stall), no salía.

En 1968, con el orgullo herido y millones de dólares gastados, Boeing tuvo que hacer lo impensable: tirar el diseño a la basura.

Volvieron a la mesa de dibujo y diseñaron el 2707-300.

¿Y sabes cómo era?

Tenía alas fijas en forma de delta. Exacto. Se parecía al diseño de Lockheed que habían rechazado dos años antes. Y se parecía al Concorde.

Habían perdido dos años preciosos persiguiendo una fantasía de alas móviles que la tecnología de la época no podía soportar.

Boeing 2707
Reproducción a escala completa del rediseñado Boeing 2707-300.

Operation Bongo II: Bombardeando Oklahoma City

Mientras Boeing peleaba con el peso de sus alas, el gobierno de EE.UU. tenía otro problema: el Boom Sónico.

Cuando un avión rompe la barrera del sonido, crea una onda de choque. En el suelo, se escucha como una explosión. BUM-BUM.

La gente decía que eso iba a ser insoportable. Que rompería ventanas. Que las gallinas dejarían de poner huevos.

La FAA (Administración Federal de Aviación) dijo: «Bah, exagerados. La gente se acostumbrará. Vamos a demostrárselo».

Y así nació una de las ideas más estúpidas y fascinantes de la historia de la aviación: Operation Bongo II.

En 1964, la FAA eligió una ciudad conejillo de indias: Oklahoma City. ¿Por qué? Porque pensaban que, al ser una ciudad con tradición aeronáutica, la gente sería más patriótica y no se quejaría.

El plan era sencillo: hacer volar cazas militares supersónicos sobre la ciudad 8 veces al día. Todos los días. Durante 6 meses.

Querían simular cómo sería la vida en el futuro cuando los Boeing 2707 cruzaran el país constantemente.

Al principio, todo eran risas. Los albañiles decían que usaban el BUM de las 11 de la mañana para saber que era hora del bocadillo.

Pero la broma duró poco.

Imagínate estar en tu casa y que, 8 veces al día, alguien dispare un cañón en tu salón.

  • Los cristales de los rascacielos más altos empezaron a estallar.
  • Las grietas aparecieron en las paredes de yeso de las casas.
  • Los perros no paraban de aullar.
  • Los bebés se despertaban llorando cada hora.

La FAA recibió más de 15.000 quejas formales. Se presentaron casi 5.000 demandas por daños a la propiedad. Un hombre demandó al gobierno porque decía que el estrés de los booms había hecho que sus peces de colores se suicidaran.

El experimento demostró exactamente lo contrario de lo que la FAA quería: Nadie quiere vivir bajo una ruta supersónica.

Esto significaba que el Boeing 2707 no podría volar supersónico sobre tierra. Solo sobre el mar.

De repente, el mercado potencial del avión se redujo a la mitad. Ya no podías ir de Nueva York a Los Ángeles en 2 horas. Solo servía para cruzar el Atlántico o el Pacífico.

El negocio empezaba a oler a chamusquina.

La estocada final: Ecologistas y Economistas

A finales de los 60, el mundo había cambiado.

Ya no era solo una cuestión de «somos más rápidos que los rusos». La gente empezaba a preocuparse por el medio ambiente.

Surgió un movimiento anti-SST (Supersonic Transport) muy fuerte.

Sus argumentos eran demoledores:

  1. El ruido: Nadie quería quedarse sordo cerca de los aeropuertos (los motores GE4 hacían un ruido que te vibraban hasta los empastes).
  2. La contaminación: Se temía que una flota de 500 aviones volando tan alto dañara la atmósfera.
  3. El dinero: Y este fue el golpe de gracia.

El avión costaba una fortuna de desarrollar. Boeing necesitaba dinero público para terminarlo.

Pero en 1971, la economía de EE.UU. no estaba para fiestas. La Guerra de Vietnam estaba drenando las arcas.

El senador William Proxmire lideró una cruzada contra el avión. Decía que era un «juguete para ricos» pagado con los impuestos de los trabajadores.

¿Por qué debía un granjero de Iowa subvencionar el billete de un banquero de Wall Street para que llegara antes a Londres?

Tenía razón. Y dolía.

El 24 de marzo de 1971, el Senado votó. Por 51 votos a 46, cortaron la financiación.

El proyecto murió en el acto.

Fue un shock. Boeing, que había apostado su futuro en esto, tuvo que despedir a 60.000 empleados en Seattle. La ciudad quedó tan vacía que alguien puso un cartel famoso en la autopista: «Will the last person leaving Seattle please turn out the lights?» (Que el último en salir de Seattle apague la luz, por favor).

El triste viaje del «pájaro» que nunca voló

Aquí viene la parte que me rompe un poco el corazón de ingeniero.

Cuando cancelaron el proyecto, ya habían construido una maqueta a escala real (mock-up) impresionante. Era amarilla, enorme, con asientos de lujo y televisores (¡en los 70!).

¿Qué haces con un avión de mentira de 90 metros de largo?

Boeing la vendió. Pasó por varias manos hasta acabar en el lugar más surrealista posible: Una iglesia en Florida.

No es broma. La maqueta del avión más rápido de la historia terminó siendo el techo de un santuario religioso. El fuselaje era tan grande que metieron el altar debajo. Lo llamaban «The SST Museum», pero en la práctica era un reclamo turístico bizarro en medio de un pantano cerca de Kissimmee.

Allí se pudrió durante años. La humedad de Florida se comió la madera y el metal. Los ratones anidaron en la cabina donde se suponía que iban a sentarse los pilotos más élite del mundo.

En 1990, la iglesia quería ampliar el edificio y el avión estorbaba. Lo iban a tirar a la basura.

Por suerte, un entusiasta de la aviación, Stan Hiller, lo rescató en el último minuto. Compró los restos (básicamente la sección del morro, porque el resto estaba destrozado) y se los llevó a California, al Hiller Aviation Museum.

Hoy, esa sección delantera, restaurada, descansa en el Museum of Flight en Seattle.

Si vas, puedes verla. Puedes ver el morro abatible. Puedes ver la forma afilada.

Es el fantasma de un futuro que nunca llegó.

Cabina de mandos del Boeing 2707
Morro de la maqueta del Boeing 2707 que hoy en día descansa en un museo.

Conclusión: A veces, ser el mejor no es suficiente

El Boeing 2707 fue una lección de humildad brutal para la ingeniería americana.

Tenían la mejor tecnología. Tenían los motores más potentes. Tenían el diseño más ambicioso.

Pero se olvidaron de lo básico: la realidad.

El Concorde, con su tecnología «inferior» de aluminio y su tamaño modesto, voló durante 27 años. El Tu-144, aunque fuera peligroso y ruidoso, también voló.

El Boeing 2707 se quedó en tierra porque intentó ser perfecto antes de ser posible.

Querían saltar dos escalones de golpe y se partieron los dientes.

A veces, en aeronáutica (y en la vida, ya que estamos), no gana el que tiene el plan más espectacular, sino el que consigue poner algo en el aire que no se caiga a pedazos.

Hoy, empresas como Boom Supersonic están intentando resucitar el sueño con el Overture. Dicen que será sostenible. Dicen que será silencioso.

Ya veremos.

De momento, el rey sigue siendo el Concorde. Y el Boeing 2707 sigue siendo el «casi» más grande de la historia.

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